Del día que me enamoré del Jazz

por Guillermina Cherri

Del día que me enamoré del Jazz

Suelo ser categórica y recordar exactamente un día de mis 19 años, cuando vi por primera vez en vivo un cuarteto de piano, batería, contrabajo y saxo. Eran de Buenos Aires y fue en el teatro de la pequeña y apagada ciudad donde vivo. Desde ese momento no paré nunca más, de investigar, de escuchar y leer todo lo que encontraba sobre este género (recuérdese que muy a principios del 2000 no usábamos internet en la forma que lo hacemos hoy, las búsquedas eran más artesanales y manuales, leer lo que salía en el suplemento de arte del diario, prestarse y grabarse discos entre compañeros; tenía su gran encanto) y fue un amor a primera vista. A partir de ese día, mi vínculo con esta música fue in crescendo. Compré mi primer disco de jazz, el elegido: John Coltrane y su Blue train, un súper clásico. El trompetista Pedro Casís –director de la Santa Fe Jazz Ensamble- me dijo en una oportunidad que Coltrane no era de los más sencillos para comenzar y que a un oído más tradicional podría resultarle un bodrio.

Más yo sé que ese no fue el punto de partida. Lo sé muy bien. Es sólo una forma pragmática y eficaz de responder. Yo sé que mi historia con el jazz es mucho más antigua, y recorro desde el viejo vecino baterista, que cada tarde se paraba a narrarme sus anécdotas de cuánto trabajaron y giraron tocando swing con su orquesta -reproduciendo esos clásicos bailables de las big band  de jazz- y cómo les “robaban” todo a aquellos brasileros de fines de los años 50; hasta las más antiguas y perennes imágenes de mi infancia, escuchando cada día un disco diferente de Los Beatles en el combinado de papá (porque total él los tenía todos y nos podíamos dar el lujo de elegir), la voz bien afinada de mi madre leyéndome y cantándome todas las noches, sin interrupción, al lado de mi cama o el largo espejo que había en la entrada de casa, donde jugaba a ser corista de Ray Charles con algún objeto simbólico de micrófono. Porque una de las tantas cosas que soñaba de niña para cuando sea mayor era ser como una de esas coristas. Y así llego a mi último año del secundario y al intento de lectura de Rayuela y a las marcas en el libro (porque soy de esos lectores que utilizan y se apropian con todo de los libros, los escribo, los huelo, los protejo, los preservo, los transporto conmigo a todas partes, los subrayo y anoto al margen cada cosa conocida como desconocida, las intertextualidades que descubro, las referencias, todo lo que haga ruido) que hice con los nombres que citaba Cortázar; aunque en ese momento no eran familiares para mí. Lester Young, Dizzy Gillespie, Bessie Smith, Monk, Ellington, Erroll Garner y Oscar Peterson entre muchos nombres más. Ahora busco la novela en mi biblioteca y me encuentro con aquellas marcas con tinta de lapicera; no me molestan, son parte de mi historia, aunque ahora reemplacé la tinta por el grafito. Las leo con enorme nostalgia hacia la ingenuidad de aquellos años, hacia la voraz curiosidad por conocer más. Nunca más pude leer literatura y cine (otra de mis pasiones) sin detenerme en el jazz. Cómo no recordar al frustrado baterista de El hombre del brazo de Oro, esa excelente novela de Nelson Algren (el amigo sentimental de Simone de Beauvoir), que Otto Preminger  llevó al cine y protagonizó Frank Sinatra; cómo no notar al siempre presente Bill Evans en las novelas de Murakami, o incluso el disgusto por el jazz mezclado con admiración que sentía Harry Haller, aquel lobo estepario de Hesse.

¿Qué demonios hubiera escrito Scott Fitzgerald sin el jazz? Sin dudas no estaría en el top de los mejores novelistas norteamericanos. ¿Qué sería de los filmes de Woody Allen? ¿A quién elegiría Cormac McCarthy cómo el mejor compositor de todos los tiempos si no hubiese existido Coltrane? ¿Qué sería del ARTE del S. XX sin el JAZZ? ¿Quizás un incompleto  cuadro de Boticelli al que se le escaparon las musas? ¿O el Renacimiento fuera de la ciudad de Florencia?  Estoy segura, sería como un Dalí sin exotismo, de lo más usual, normal y corriente.

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